Sur, pues el azul en mis ojos no existe, sólo ven el color de la tierra, sur, porque en aquel cono vivo y existo, porque el Pacífico encantó a mi alma y ahora allí habita, Sur, porque aunque me vaya seguiré habitándote, sur, porque te até a mis pensamientos y de allí ya no saliste...
jueves, 22 de noviembre de 2007
CAPÍTULO TRES: De Los Otros Herederos
Y llovió, cayó agua por días y noches, semanas, hasta que los ríos crecieron y desvordaron sus causes, los mares volvieron al lugar que alguna vez estuvieran y se regocijaron de encontrarse con las planicies que alguna vez dejaran para dar paso a la vida. El agua subía y ocupaba los campos, los alimentos escacearon y muchos murieron, ahogados, enfermos, por inhanición. Y luego de que el diluvio acabara la tierra quedó desierta, y el verde nuevamente la cubrió. Y así fue por mucho tiempo.
Fue entonces que la tierra volvió a poblarse de sonidos, y ellos vinieron del mar, desde muy lejos a través de las aguas, llegaron nuevos seres hermosos, que hicieron más bellos los parajes de la superficie terrestre, y se llamaron a sí mismos ingeos, y cuidaron de ella y del cielo por largo tiempo.
Luego de que los ingeos llegaran por primera vez a la tierra, nuevos seres de la misma especie llegaron a ocuparla, cuyo verde amaban tanto, y del cual algunos se hicieron pastores, y así se separaron en distintas estirpes, todas ramas de un mismo árbol, y de muchos no se supo nunca nada pues marcharon buscando lugares hermosos aún no descubiertos en el cual establecerse. Construyeron grandes ciudades y cultivaron los campos, siempre en armonía con el cielo y la tierra, aprendieron a comunicarse con ellos sin palabras, escuchando sus silencios, entendiendo sus caprichos, observando lo imposible, y es que todo lo que no tenía sentido parecía ser más hermoso, y ellos comprendían que no necesitaban comprender para que sucediera tal y como sucedía, no se necesita una razón para que el árbol crezca, ni para que las aves vuelen, ni mucho menos para que el río vaya al mar, o para que el sol salga todos los días. Entonces la nueva era dio comienzo y volvió a nacer como la vez en que se formara y llegara aquel ser insertando el capricho de la vida.
Y los ingeos tuvieron descendientes y poblaron la faz de la tierra, y mucho tiempo paso antes que las estirpes se encontraran nuevamente, esta vez no con las mismas preocupaciones que con las que habían llegado en aquella primera vez, pero esa es otra historia, que no viene al caso contar, no por ahora.
lunes, 15 de octubre de 2007
CAPÍTULO DOS
La historia comienza con un cuenta cuentos.
Erase una vez – dijo el viejo, aunque bien sabía que ésta no era una historia de las que inician así.
Cuando el mundo era joven y los humanos no pisaban la faz de la Tierra, un ser bajó de entre los astros a las profundidades de este mundo. El forastero se encontró con una tierra nueva y fértil y plantó una semilla para ver si era capaz de abrigar la vida y luego marchó a mundos lejanos– continuó diciendo.
La tierra albergó a la semilla y la abrigó ayudándola a crecer, el cielo quiso ayudar también y lloró de felicidad, derramando agua sobre ella, para saciarle la sed. Aquella semilla creció libre y sana, sin maleza que la asfixiara, ni parásitos que la debilitaran, y emergió de las profundidades de la tierra, aferrándose a su madre con una de sus manos y tratando de tocar a su padre con la otra, y volvió a unir a aquellos que una vez se habían separado al inicio de los tiempos. Así la madre feliz le proporcionó sustento a su hijo, y el padre dichoso lo alimentó con el jugo de la vida, entonces la antes pequeña semilla se convirtió en un frondoso árbol, el primero, que se extendía sobre la faz del planeta para acercar a su madre y su padre, sus largos brazos que apuntaban al cielo se poblaron de hojas para que su padre se deslizara delicadamente entre ellas, y sus brazos que se internaban en las profundidades se dividieron un millón de veces en pequeños dedos, en raíces, para que su madre no se erosionara. Y pasaron muchos años así, el árbol fortaleciéndose bajo el seno de su madre y la mirada atenta de su padre, fue entonces que descendió de los cielos como una gran luz y cayó sobre él, por un instante la noche se hizo día, aquella sensación cálida que que había sentido hacía tan solo unos momentos se convirtió en un dolor insoportable que crecía y crecía colándose en su interior y haciendo crepitar y chillar del dolor producido, una tenue luz iluminó la oscuridad y creció hasta convertirse en una gran flama que ardía consumiendo a aquel único ser sobre la faz de la tierra, entonces el cielo desesperado sopló para salvar a su moribundo hijo, pero sus intentos fueron en vano, mientras más intensos eran sus soplidos más se propagaba aquella llama consumiendo a su hijo, la tierra urgió a sus mares y lagos a salvar a su hijo, mas no lograba llegar a él, entonces en una medida desesperada se desprendió de una parte de ella y la envió al firmamento a acompañar al cielo que enloquecido no se había dado cuenta de lo sucedido, y aquella nueva tierra que ahora giraba alrededor de donde se encontraba antes de ser lanzada al espacio atrajo el agua hacia donde se encontraba su herido hijo y levantó las mareas y el cielo lloró y juntos lograron apagar a aquella llama, pero el árbol herido cayó en un largo sueño del que algún día despertaría, mas eso no ocurrió. Pero en el sitio donde antes había caído aquel rayo habían brotado nuevas semillas hijas de aquel magnífico ejemplar, y por mucho tiempo el cielo y la tierra no lo notaron, pues estaban muy tristes por la pérdida del que había sido su único hijo. Entonces esa nueva tierra que giraba alrededor de la gran madre prometió no volver a bajar pues estaba devastada, pero como aún amaba a su hijo siempre permaneció sobre su ahora dormida cabeza y decidió acompañarlo e iluminarlo por las noches por si algún día despertaba y quería jugar.
lunes, 17 de septiembre de 2007
Capítulo Uno
No se sabe a ciencia cierta que es lo que había antes del tiempo, algunos dicen que nada, otros cuentan que existía otro mundo, distinto del que vivimos ahora, si bien nadie sabe que era aquello, todos están de acuerdo en que existía quietud y tranquilidad. Entonces algo ocurrió, un hito marcó un lugar y el caos desató al tiempo, que comenzó a correr inexorablemente creando presentes, pasados y futuros.
La quietud fue reemplazada por un constante ajetreo, todo lo que antes estaba inamovible, ahora se agitaba con tal violencia que podría haber acabado con lo que hoy conocemos como universo, la negrura espesa que lo envolvía todo se quebró, un rayo iluminó lo que estaba comenzando a crecer, y grandes montes se erigieron dejando grandes agujeros en el lugar en el que antes estaban, la vibración que lo había agitado todo cesó, y luego de la abismante calma que surgió, un gran rugido rajó el cielo y lo separó de la tierra, y de ese agujero emergió un torrente de agua que se lanzó triunfante por la recién creada tierra y atiborró el cielo de nubes, que al condensarse se precipitó nuevamente sobre aquellos recién nacidos montes, los grandes cañones que se había formado fueron repletos de inquieta agua, y mientras todo esto sucedía en la tierra, en los alrededores emergían por doquier bolas incandescentes que giraban despidiendo pequeños trozos de rocas en todas las direcciones.
El movimiento antes caótico se transformó en una danza, las esferas de fuego giraban, algunas en torno a otras bailando al son de sonidos frescos y jóvenes, formando figuras y formas, todo era nuevo y maravilloso, cada desplazamiento estaba planeado para crear, una bola de luz se acercó estrepitosamente hacia el agujero del que aún salía agua y con su calor evaporó lo que restaba por salir formando numerosos nubarrones que se alejaron de aquel lugar, la luz y el calor proveniente de aquella esfera, ahora suspendida en el cielo, evitaba ver la danza del resto de las nuevas estrellas, pero sólo fue momentáneo porque como si se lo hubiesen pedido, ahora el sol avanzó recorriendo el cielo permitiendo ver nuevamente la danza que seguía su curso en el resto del universo. Y de aquella incertidumbre nació la vida y se llenó la tierra de sonidos.